martes, 10 de marzo de 2015

Los procesos participativos y el cine de Linklater

Vivimos un tiempo de grandes cambios. Pueden gustarnos más o menos, puede resultarnos apasionante o angustioso, pero no hay remedio. Es este el mundo que habitamos y este el momento en el que nos tocó hacerlo.
A mi me gusta. porque me apasiona ver como todo se mueve rápidamente y tratar de entender hacia donde. 
La historia de la humanidad puede ser vista como una historia de emancipación. Evolucionamos de una sociedad de individuos dependientes entregados por su propia debilidad, o por la fuerza, a las decisiones de sus líderes; hacia una sociedad donde cada uno asume niveles de responsabilidad respecto a la dirección que toma su mundo, sobre todo el inmediato, aquel en el que efectivamente habitamos y ejercemos como seres humanos. La democracia participativa ha sido el último eslabón de una cadena de logros en dicha dirección, pero cada vez resulta más evidente que estamos en camino a dar un paso más en este proceso.
El paso siguiente será, seguramente, la intervención en las decisiones políticas y sociales; la participación en la gobernanza mediante influencias cada vez más relevantes en las decisiones que se toman. No se puede ser ingenuo. Como en cada época, este proceso enfrenta sus propios enemigos. Unos poderes económicos cada vez más hegemónicos. Un mundo cada vez más globalizado, una capacidad de maniobra cada vez más limitada. Es en los resquicios de esa armadura donde una visión alternativa de la sociedad puede alojarse y luchar por su propia vida y por un sistema que ponga de una vez por todas en el centro al individuo. 
La apropiación de un espacio de intervención implica dejar de ser dependiente, volverse actor de la realidad implica asumir los riesgos y las posibilidades de una sociedad que os incluya a todos, que sea viable, autosustentable, integradora, equilibrada. 
La nueva sociedad requiere un individuo nuevo. Un individuo que no sólo posea conocimientos académicos, técnicos y funcionales que le hagan capaz de salir adelante en el escenario al que se enfrenta, sino un individuo con una adecuada formación política (en el sentido de ser parte de un conjunto social capaz de resolver su propia convivencia) y una capacidad reflexiva y analítica que le permita sobreponerse a sus propios prejuicios y a la manipulación ajena. Estas habilidades deben enseñarse (y empieza a hacerse) en las aulas, pero además deben desarrollarse procesos que permitan acceder a ellas a los individuos que formamos parte activa de la sociedad actual. Es importante promover habilidades sociales tales como la empatía, la capacidad de negociación, el respecto a la opinión ajena y a lo diferente, el trabajo en equipo y el sentido del bien común. En este escenario y como resultado de una sociedad cada vez más exigente han surgido una nueva herramienta de construcción de la ciudadanía: Los procesos participativos.  
En su modalidad más avanzada, este sistema implica un modelo consultivo mediante el cual la ciudadanía interviene ante un problema de su entorno para, en conjunto con las estructuras gobernantes (o al margen de ellas), buscar fórmulas que permitan mejorar la situación encontrada. Existen debates sobre la validez o no de que un proceso participativo sea "convocado" por las estructuras de gobierno. A mi entender lo verdaderamente importante es que este se produzca para atender a una necesidad real, sentida como tal por el conjunto de la sociedad y ante la cual se vea la necesidad de intervenir. Desde mi perspectiva, un proceso de este tipo plantea la oportunidad de desarrollar habilidades sociales concretas reflexionando sobre la realidad y tomando conciencia de nuestra capacidad de intervenir en ella. Razones todas que validan su aparición, sea cual sea el origen que tenga. 
Me planteo por tanto al proceso participativo como una herramienta para formar individuos capaces de apropiarse de su propia vida mediante un conjunto de reflexión, análisis y crítica que den paso a acciones concretas para modificar la realidad. 
Como en todos los modelos formativos, el recorrido es tan importante, al menos, como el resultado final. Mi experiencia actual en el colectivo de la Harinera de Zaragoza me habla de un camino complejo en el que cada paso sirve para explorar e identificar las dinámicas con los que el grupo se siente cómodo mediante errores y ajustes, logros y lecciones. Un proceso como este será lento por definición ya que no opera por la imposición de criterios, sino por el consenso y es común (yo diría que necesario) que dicho consenso genere equivocos para desarrollar también la capacidad de autocorrección. No se debe temer al error en alguno de los pasos, sino al fracaso del proceso en si mismo.  
Un grupo que se inicia en un proceso participativo es un ente sensible, existen egos que deben eliminarse, suspicacias que deben retirarse, miedo al ridículo o al rechazo, temor a imponer o a ser controlado. El tiempo y la experiencia permitirá medir las habilidades particulares de los miembros, facilitar la cercanía y entender cuando es necesario consensuar y cuando vale la pena confiarse en manos de quien conoce más sobre un tema concreto. A fin de cuentas, un conjunto es también la suma de sus partes. 
El colectivo de la Harinera se encuentra en sus primeros pasos, su evolución hasta convertirse en un ente maduro será tan particular, tan propia, como la gente que lo constituye. Así como el individuo no se convierte en ser social sin un aprendizaje vital de largo aliento, el grupo no se convierte en ente político sin una experimentación  de sus límites y opciones, tan paulatina y natural como la vida misma. 
Me hallaba inmerso en estas reflexiones cuando fui a ver Boyhood de Linklater. La película me pareció apasionante, pues aunque me encuentre ya lejano de las edades que muestra el protagonista, mi compresión del mundo como un espacio de continuo aprendizaje sigue vigente. Me sentí identificado con la reflexión que propone el director, la de la vida como una ruta con preguntas que son siempre, básicamente, las mismas pero cuyas respuestas sólo pueden darse desde cada individuo porque su validación sólo es posible al cabo de un largo recorrido en el que nadie puede acompañarnos.  Me resultó inevitable asociar la película a mi vivencia actual con el colectivo, encontrar en la primera ecos de esa idea de que la experiencia orgánica es la principal herramienta para dotar de una dimensión amplia al individuo y pensar en el segundo (el proceso participativo) como posible piedra fundacional de una sociedad capaz de dejar atrás el individualismo y la violencia, un modelo alternativo a esta sociedad salvaje y egoísta en la que estamos inmersos. Quizás tenía razón Eisenstein (Sergei, el director de Acorazado Potemkin) al decir que el cine es una forma de conciencia y en este caso, me ayudó a terminar de entender porque me siento cómodo como parte del colectivo Harinera. Como mi búsqueda personal encaja en este  proceso y que lecciones busco en el camino. 
Siempre digo que vale la pena mirar a todas partes. Uno nunca sabe de donde pueden venir la inspiración, o las respuestas. 



lunes, 8 de diciembre de 2014

Harinera Zaragoza. El pan de la cultura compartida

Me gusta pensar la cultura como proceso.

Me gusta desde aquellos años como parte del colectivo de arte Zuakata, cuando sin ser capaz aún de conceptualizar lo que ocurría, participaba de la reflexión de la realidad y de la búsqueda de formas artísticas para explicar esa reflexión, para incitar nuevas preguntas, para establecer un diálogo con las personas que visitaban nuestra obra, con la sociedad en la que estábamos inmersos.

Me gusta la cultura como proceso porque creo en una sociedad en permanente - y cada vez más veloz - movimiento y creo que el arte y la acción cultural pueden permear a esa sociedad de modo que remueva e incite a cada uno de sus miembros. Me gustaría pensar que en algún momento de esa nebulosa a la que llamamos futuro no quedarán rebaños de personas sino individuos conscientes de su realidad, capaces de apropiarse de ella y participar activamente en la construcción de su mundo.

La crisis nos ha traído muchos problemas, ha destruido muchas cosas positivas, también algunos excesos, pero - como ocurre siempre - da paso a nuevas realidades que pueden nutrirse de lo aprendido y dar un paso adelante. Hemos pasado de una sociedad acomodada al despilfarro, acostumbrada a la exigencia y la indolencia a una sociedad que está recuperando el espíritu combativo, la capacidad de organización y acción. En ese contexto y en un momento necesitado de motivaciones, ¿es posible incitar a una comunidad a comprometerse con su evolución y ser parte del proceso?

Esta demostrado que las personas defendemos con mayor convicción los espacios, los proyectos y las herramientas cuando hemos participado en su creación. Todo proceso de empoderamiento ciudadano eficaz requiere de una apropiación emocional que por una parte nos vincule con lo generado y por otra nos permita revalorar nuestro papel y comprender que somos capaces de influir en la realidad que nos rodea. En esta nueva etapa post crisis quizás vea la luz un modelo participativo en el que la estructura pública, al menos la más cercana, y la sociedad civil, puedan trabajar juntas en la construcción de un modelo social mejorado.

¿Todo este discurso a que viene? se preguntará usted que me está leyendo. Pues viene a que estoy participando de un proceso social que está ocurriendo en estos días en Zaragoza. La reflexión sobre usos y programas del Espacio Creativo Harinera (antigua fábrica de harina ubicada en el barrio de San José). Un proyecto nacido desde el ayuntamiento de la ciudad que ha implicado en la reflexión de su diseño a la sociedad a través de colectivos de artistas y otros actores culturales. El proceso está guiado por un equipo de la organización Paisaje trasnversal (dejo el enlace para quien tenga interés en conocer su trabajo) y se enmarca en el concepto de inteligencia ciudadana, es decir, involucrar a la sociedad en el ejercicio de imaginar el espacio en el que a esta le toca vivir.

La consulta a la ciudadanía resulta fundamental para la generación de una imagen de la ciudad que represente a quienes la habitan. Preguntar a los futuros usuarios como creen que debe ser, que usos debería tener y como debería gestionarse un espacio, tiene grandes beneficios: Permite a quienes diseñan y a quienes deciden tomar en cuenta las necesidades reales de la población aportando puntos de vista, soluciones o necesidades que no podían haber sido consideradas de ninguna otra manera y a la vez favorece el proceso de apropiación de la urbe por parte de los ciudadanos haciendo a estos co-responsables del desarrollo de su ciudad y de sus espacios.

La reflexión y apropiación es un proceso de dinamización necesario para incitar y acelerar la maduración política de la población (entendida como participación en el ordenamiento de la ciudad y de su quehacer), puede ser el resultado de una autogestión o bien de la iniciativa pública. (La política como proceso, otra idea que me gusta en esa búsqueda de una sociedad de individuos conscientes y proactivos). En el caso del Espacio Creativo Harinera, la iniciativa ha sido gestionada y articulada desde el ayuntamiento. Si me preguntan, es algo que me gusta. Sin que me vaya en nada el color político municipal y sin que esté muy al tanto de sus tejes y manejes, la gestión actual, a la luz de sus intervenciones, responde - a mi entender - a una estrategia que promueve el empoderamiento civil así como el desarrollo de varias iniciativas tendientes a mejorar la sostenibilidad y "amabilidad" de Zaragoza, es decir el modelo de gestión más adecuado para los asentamientos urbanos si tomamos en cuenta que según Naciones Unidas, un 70% de la población humana habitará en ciudades para el año 2050 (si el planeta existe para entonces) y que la única forma de evitar que esta acumulación resulte insostenible será evolucionar hacia ciudades cada vez más funcionales y ecológicamente conscientes. Resulta indispensable involucrar a la población en este proceso para poder alcanzar algún nivel de éxito

Pienso en la importancia de un punto al que me he referido ya y es la maduración de la sociedad civil hacia una co-rresponsabilidad en la determinación de su destino. El acceso a espacios de libertad cada vez más amplios aporta derechos (que a todos nos gustan) e implica obligaciones y riesgos (que no siempre gustan tanto) Considero importante romper con viejos modelos Estado-dependientes y concienciarnos de que la libertad de pensamiento, de acción, de elección del destino implica (o debería implicar) también una mayor independencia personal y social un hecho que se puede tangibilizar, por ejemplo, mediante la creación de medios de producción desde el emprendimiento, el cooperativismo u otros sistemas que permitan la apropiación del destino laboral  o, también, el control a la gestión de los poderes públicos para que cumplan la función para la cual existen y generar formas de equilibrio que frenen los abusos de los grandes poderes privados.

Quisiera quedarme con la idea con la que empecé este post. La cultura no son sólo objetos, no son sólo espectáculos, no es tan sólo un producto artístico ni un procentaje del PIB de los paises. La cultura, por sobre todo es una experiencia que nos hace preguntarnos, buscar respuestas, experimentar, fallar, empezar nuevamente. La cultura ante todo es un proceso y gracias a ella seguimos evolucionando como especie.




domingo, 15 de junio de 2014

Un poco de heroismo

A partir de la ilustración, las sociedades urbanas de occidente aportaron al mundo el concepto de modernidad: Un estadio en el cual el individuo establece sus propias metas, gestiona su vida desde una perspectiva racional y - sobre todo - se establece una realidad en constante evolución.

El conjunto de esos preceptos nos encanta a casi todos, al menos en teoría, al menos mientras no nos implique dificultad. Todos queremos ser modernos, cosmopolitas, vanguardistas; mientras las reglas de juego sean las mismas y podamos saber a que atenernos. Mientras eso de cosmopolitas y vanguardistas se quede en el terreno de las opiniones que tenemos, los restaurantes a los que vamos o la música que escuchamos.

El problema es que no podemos constreñir la modernidad a un espacio tan pequeño.

El mundo ha sido siempre un escenario en transición, plaza de constantes crisis, sucedidas (o precedidas, según se ubique uno) por un período de calma, en el que el nuevo modelo nacido de la crisis correspondiente evoluciona, se consolida, alcanza su cúspide y... cae a su vez en crisis. Es así desde que la sociedad existe, pero la modernidad ha reducido enormemente - y cada vez mas - la duración de los ciclos. La evolución tecnológica y los cambios sociales generan una sociedad dinámica. Y todo tiene dos caras. hemos vivido décadas de crecimiento, de bonanza, y cuando menos nos lo esperamos el escenario revienta. Lo peor es que aunque aparezcan señales, aunque nos podamos preparar un poco, la onda expansiva nos alcanza. La crisis actual no nos ha llenado de muertos como la peste negra, las grandes guerras o los desastres naturales, pero ha llenado de dramas humanos nuestro presente.

No puedo sin embargo dejar de pensar que es gracias a ellas que el mundo evoluciona, que es en medio de ellas cuando nuestra especie demuestra sus mejores cualidades (inventiva, adaptación, solidaridad, entre otras) y saca a relucir aquello que nos hace algo más que el mayor depredador y el más sanguinario destructor de la historia de la tierra. Las crisis nos obligan a tomar la responsabilidad, o al menos una parte de ella en nuestras manos, nos exigen una respuesta.

Un problema sin embargo en nuestra capacidad de responder a esta crisis esté en la comodidad que acompaña a la bonanza: Vivimos la época de la información, pero nuestro conocimiento es tan limitado como siempre, o más, sólo que camuflado bajo una pátina de datos dispersos que simplemente nos hacen mas vulnerables y más temerosos. Tenemos comodidades alcanzadas y coberturas sociales que nos hacen tener algo que perder y por tanto nos vuelven cobardes. Tenemos un alto nivel de formación profesional, pero una tolerancia al fracaso baja, modelada por un sistema que nos vendió la mentira de que entregarse desaforadamente al trabajo, llenarse de stress, meterse obedientemente en la colmena valía le pena porque a cambio seríamos protegidos por una estructura que ahora hace agua por todos lados y que se ve impotente para cumplir con la promesa. Crecimos deseando convertirnos en consumidores para demostrarnos así que habíamos alcanzado de verdad el status de ciudadanos. Hemos comprado el espejismo de que los bienes garantizan la felicidad, sin darnos cuenta de que no sólo era una mentira sino que cuando el sistema no funciona y no podemos continuar con el juego, al vacío y la angustia se añade la frustración de habernos quedado en la cuneta.


Pero sigo creyendo que nada está perdido, que cada nueva crisis nos aleja de la barbarie y nos acerca a un mundo mejor. Que quizás sólo nos falta es un poco de heroísmo. Pienso que nos hemos vuelto una sociedad cómoda, indispuesta para el sacrificio, demasiado consciente de sus derechos y muy poco de sus obligaciones, que nos quejamos por los trabajos mal pagados pero nos arremolinamos para comprar camisetas a tres euros elaboradas en países donde se paga un euro al mes a operarios semi esclavizados. Quizás una receta (una más, nadie tiene la poción mágica) es arremangarse y empujar, como se hace cuando no tienes alternativa si quieres volver vivo a tu casa. Quizás necesitamos recuperar el espíritu que poseíamos cuando no teníamos calefacción central ni agua caliente, ni siquiera agua corriente. Lo que hizo grande a la humanidad es su capacidad de superar las dificultades y salir adelante.

Ya habrá tiempo, y no hay que olvidarse de ello, de buscar culpables y pedirles cuentas, aunque al final el político corrupto y el empresario despiadado no sean más que la versión amplificada del comerciante tramposo y el autónomo pillo: Todos buscan su beneficio sin importarle a quien dañan en el camino.

Habrá que preguntarse si estamos buscando la calentura en las sábanas, como se dice en mi país. Si el problema no está en el modelo productivo o en quien detenta en el poder, sino en el uso que hacemos de él. En un modelo educativo que prima la competencia y el individualismo en lugar de incentivar junto al desarrollo individual (los colectivismos ya fracasaron) el sentido de cuerpo y la visión solidaria

La crisis es una oportunidad, y si hay algo que me ha quedado claro leyendo unas cuantas estadísticas últimamente es que mientras menos preparados estemos menos posibilidades tendremos de salir de esta bien librados. La gran mayoría del paro de larga duración en España lo acumulan las personas con niveles formativos bajos. En lugar de llorar, estudiar, que resulta más útil y es el único camino que se ha demostrado capaz de crear sociedades más justas. Estudiar y cultivarse. La cultura es una herramienta poderosa en el desarrollo social, nos hace más sensibles y mas curiosos, nos incita a explorar nuevos caminos. Las sociedades más cultas generan sistemas más equilibrados y al menos hasta donde conozco, están más cerca de lograr el máximo ideal de una sociedad libre: Poner el acento en lo importante.

Vuelvo a mi idea del heroísmo porque estoy cansado de oír a gente quejarse de su destino mientras veo a otros que se arriesgan y van saliendo adelante. Comprendo que no todos nacemos para héroes pero también es cierto que hay momentos en que requieren que todos seamos capaces de dar nuestro máximo.

Acabo copiando el anuncio que Ernest Shackeltón publicó en los diarios británicos en 1913 para reclutar marineros para su expedición y que recibió más de 5.000 solicitudes. ¿Cuantas recibiría hoy? 27 hombres viajaron con él al Polo Sur y se pasaron dos años atrapados en el hielo sin demasiada esperanza de sobrevivir. Su experiencia seguramente fue peor que esta crisis, pero los veintisiete volvieron con vida. ¿Nos invita a pesar algo?

"Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Mucho frío. Largos meses de completa oscuridad. Constante peligro. No se asegura el retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito"


lunes, 27 de enero de 2014

Las trincheras de la cultura

No se si tiene que ver con que voy conociendo mejor esta ciudad y sus tejidos, o si efectivamente (como creo) algo ha cambiado, pero de un tiempo a hoy me parece encontrar a Zaragoza más llena de espacios culturales autogestionados, de pequeños escondrijos donde bulle la intención de seguir vivos, no en el sentido biológico, sino en el emocional, espiritual, intelectual o lo que sea que se alimenta con la generación de arte, de reflexión, de encuentros e intercambios.

Llevamos varios años de crisis económica en Europa y en España y con ella ha entrado en crisis todo un modelo de políticas y gestión cultural. La caída en picado de la inversión pública en la actividad cultural, la imposición de un IVA desmesurado y otros factores colaterales han abocado a la desaparición a muchos espacios y programas y puesto en grave riesgo la continuidad de otros tantos. Como una traslación al mundo real de la modernidad líquida de la que por tantos años nos estuvo hablando Bauman, la crisis nos ha enfrentado de golpe con una realidad mucho menos poblada de certezas, mucho mas aleatoria, una realidad para la cual no nos habíamos preparado y que por tanto nos está costando mucho digerir.

Hasta donde llego a entender, este nuevo escenario se ha generado en parte por una evolución inevitable de la sociedad, sus modelos productivos, sus estructuras y la creciente interdependencia de sus mercados; pero también por el cinismo de un sistema que exacerba nuestro egoísmo y nuestro afán competitivo renegando de todo elemento ético, convenciéndonos del valor del triunfo a cualquier costo. Detrás de la crisis se adivinan las sombras de grupos de poder económicos e ideológicos que, a juzgar por la agresión y desmantelamiento que está sufriendo el sistema social europeo tienen muy poco interés en fomentar una gran clase media sana y formada, quizás porque ella ha demostrado ser el caldo de cultivo perfecto para grupos reflexivos y posturas críticas, para individuos menos manipulables, especie peligrosa por lo que hemos visto en los noticiarios de medio mundo.

Es en este nuevo escenario donde la cultura necesita de trincheras desde las cuales defender el derecho a pensar, a reflexionar, a sentir y a buscar más allá de los cánones preestablecidos. Hay tiempos para sembrar y tiempos para la cosecha. En este momento, en mitad del tsunami que amenaza con llevarse por delante el fruto del esfuerzo de generaciones enteras, es importante dejar de lado el inmovilismo y el desánimo para buscar fórmulas que permitan no sólo sacar a flote una vida cultural amenazada, sino hacerlo de manera más sólida y consistente.

Debemos involucrar a la mayor parte posible de la sociedad, acercar la experiencia artístico - cultural a los niños desde los primeros momentos, fomentar a través de dicha experiencia su creatividad, su capacidad de adaptación, su sensibilidad y su tolerancia. Ante un sistema que parece querer erradicar de los currículos formativos todo vestigio de reflexión y humanismo, es necesario crear espacios para pensar e intercambiar, para descubrir las cosas que nos hacen humanos.

La crisis actual parece querer condenar a la cultura y sus actores a la categoría de aficionados, pero no hay que temerle. Crisis como esta sirven para desbrozar el camino, para comprobar quien estaba acercándose a la profesionalización de la cultura con pasión y vocación (que a mi entender resultan indispensables, como en la enseñanza o la medicina) y quien lo hacía por facilidad o comodidad.

De un modelo casi totalmente dependiente del dinero público, debemos avanzar hacia un sistema que involucre a todos los actores sociales desechando oxidados prejuicios ideológicos. Debemos formarnos para aprender la gestión de los proyectos desde una perspectiva de marketing estratégico a fin de aprovechar sus posibilidades de auto gestión.  Una sociedad culturalmente activa genera proyectos, dichos proyectos pueden dinamizar economías y dicha dinamización mejorar la vida de muchas personas. No es importante si esto debería hacerlo o no el Estado, sino si somos parte de la solución o nos sentamos a condolernos.

En momentos como este se hacen visibles gestores y artistas de a ratos libres y profesionales comprometidos, dispuestos a librar batalla para defender aquello en lo que creen,

Todos son importantes, el que terminará en un gran escenario y el que luego de un tiempo se dedicará a otra cosa. Todos aportan su visión, su emoción y su impronta, La vida cultural de una ciudad no se mide, o no debería, solo por la cantidad de espectáculos que exhibe en su agenda, sino por todo lo que bulle en las calles. Impulsarlo, dinamizarlo, ese el sentido esencial de la gestión cultural entendida como pasión y  convicción.

Si la crisis actual puede traernos algo bueno, debería ser una profunda catarsis que nos permita replantear el objetivo para el que hacemos cultura. Las industrias culturales están bien: Generan recursos, puestos de trabajo y alternativas. Hay electricistas o carpinteros que prefieren trabajar en un teatro que arreglando casas y posiblemente dicha experiencia les de una carga distinta, pero lo que realmente construye el valor de una sociedad está en el valor que le demos a nuestra experiencia cultural y a las expresiones artísticas que la sintetizan. Lo siento si me repito, me molesta que quien se niega a pagar la entrada al cine o al teatro porque está caro no se mosquee si tiene que pagar siete u ocho euros por un cubata.


Y si queremos hablar de una perspectiva laboral ahí dejo una idea: Sólo a través de la construcción de una sociedad apasionada por la cultura podremos consolidar la profesionalización del sector sin temor a que la próxima crisis lo borre de un plumazo.




domingo, 15 de septiembre de 2013

Biosferas, canciones y formas de pensamiento



Hoy descubrí a Lisandro Aristimuño.
Mi querido amigo Pablo Noboa me mandó un enlace del programa argentino Encuentro en el Estudio y pude disfrutar de una hora de entrevista y música. Mientras veía, los gestos de Lisandro y algunas de sus expresiones me recordaban a ese monstruo de la música en español (de la música, a secas) que es Fito Paez y no podía dejar de pensar en la influencia que tiene la biosfera que nos rodea (la constituida por ciertas sonoridades, una historia, contextos comunes o una manera de enteder la vida) en la manera en que nos expresamos y actuamos.
Llevo muchos años pensado en la huella que las biosferas (la del clima y la geografía, la de las costumbres y el idioma) tienen en nuestra manera de concebir la vida. Oí en mi lejano pasado una frase de Heideger que decía que El hombre es un ser en el lenguaje. Mas exáctamente la cita es: El lenguaje es la casa del ser, y en su morada habita el hombre". Una idea, que siempre me sonó hiper lógica, de que la manera en que apalabramos y por ende entendemos el mundo determina nuestra manera de confrontarnos con el, me ha marcado profundamente, Desde entonces intento analizar semióticamente cada nueva lengua que aprendo o atisbo. Busco entender su lógica para descubrir la manera en que modela nuestras estructuras mentales y nuestra comprensión de la realidad. En su entrevista, Lisandro infería en una idea similar: Hablaba de que la escenografía de un espacio (el espacio como escenografía) influye en la manera en que sentimos y percibimos, y en su caso como músico, en la manera de componer y de estructurar su trabajo.
Pero un lenguaje no sólo es el idioma, sino la manera en que lo utilizas, El español iberico y el latinoamericano son tan diferentes como nuestros temperamentos y nuestra relación con el mundo. Al menos, luego de casi siete años en Aragón no dejan de sorprenderme, debajo de todas nuestras similitudes, las profundas diferencias entre este país y la America que yo conocí: Mi Ecuador natal y las Colombias, Perús, Argentinas o Chiles que intuí a través de sus artistas, los forasteros con los que compartí (en mi cabeza no existia el termino inmigrantes), los viajes que realicé.
Pongo algún ejemplo: Anoche estaba en una conferencia oyendo a grafiteros mejicanos hablar sobre su obra y su experiencia (algunos de ellos viven y trabajan en Europa) y uno de ellos explicando sus formatos y materiales dijo algo así como "nosotros buscamos la manera de resolvernos las cosas, no tenemos de nada entonces tenemos que improvisar, no como aquí que tienen todos los recursos y entonces si alguna vez no tienen todo resuelto como que se paran" En mi lectura de la frase se mezclaba la queja por la falta de recursos allá, pero también el reclamo por la comodidad que provocan las facilidades. Otro hizo hincapie en el hecho de que allá oía a la gente cantar por la calle y reir "porque nosotros nos reimos mucho" Breve inciso: ¿La búsqueda del confort y la de la felicidad transitan por caminos distintos? Eso da para mucho más que un post, así que dejémoslo allí.

Vuelvo de los grafiteros a Lisandro y a León Gieco (una vez enganchado me vi tres programas de una tacada, el de Aristimuño, el de Gieco y el de Fito Paez) y me llamo la atención la simplicidad de perspectivas de estos grandes artistas y como en la base de sus carreras había una relación natural con las posibilidades de éxito o fracaso. Aristimuño explicaba que mientras grababa su primer disco estudiaba para profesor parvulario, pensando en dedicarse a la educación para vivir y a la música como un complemento ya que no contaba con poder vivir de ella. Decía también que está feliz de poder hacerlo y que como músico independiente no se plantea hacer gran fortuna, en todo caso aprovechar su éxito para promover a otros artistas (en su web hay un listado mensual de música descargable que es una acción concreta de difusíón y promoción) Gieco contaba que su ilusión al llegar a Buenos Aires era ganar dinero suficiente como para regresar a su pueblo y comprarse una verdulería. Estas ideas me chocan con una sociedad en permanente estado de reivindicación, como si todo fuese debido. Los grafiteros a los que escuchaba anoche también hacen otras cosas para vivir, excepto uno que ha conseguido situarse suficientemente bien como para que auspiciantes y marcas busquen asociarse a su trabajo.
Me siguen llegando datos a la cabeza: A principios de mes, el diario español El País publicaba un artículo titulado "Suecia no es El Dorado" en el que se comentaba que los emigrantes españoles llegados a dicho país no lograban enrolarse en trabajos acordes a su titulación o experiencia. ¿Que tiene de raro? pensé mientras leía. ¿Que porcentaje de inmigrantes llegados a España u otro destino europeo hemos vuelto a ejercer nuestra profesión, así sea años despues? Las personas de las que hablaba el artículo habían pasado de ser parados de larga duración a tener un trabajo digno, creo que eso es lo que busca todo aquel que se ve forzado a hacer maletas porque en su patria no encuentra las oportunidades necesarias para desarrollar su vida.  
Quizas necesitaría más argumentos para demostrar mi idea de las biosferas y la forma en que ellas inciden en nuestros modelos de pensamiento, por le momento lo dejo y vuelvo por última vez a las tres entrevistas: Me gustaron mucho, así como volver a escuchar canciones que forman parte de la banda sonora de mi vida. Aristimuño, al hacerme pensar en escenografías y percepciones del mundo, me regresó de golpe a la conciencia de que cada contexto nos infunde una realidad distinta, llena de opiniones cuyos propietarios consideran verdades. La realidad latinoamericana que conozco nos hace vivir desde la emoción con lo bueno y lo malo que tiene, quizas así se expliquen nuestras músicas, nuestras literaturas y todas las demás expresiones artísticas y sociales, siempre sensibles, siempre apasionadas. Esa es una versión posible de la vida. Nada mas y nada menos.
Despues de tres posts intentando pontificar sobre como vivir la cultura, me hace bien volver a ser conciente de que desde una vereda solo tenemos una perspectiva fugaz de lo que pasa a nuestro lado y, en todo caso, las impresiones que se quedan en la piel y la retina cuando dichas cosas ya han pasado. Creo que es sano, muy sano recordarlo

domingo, 30 de junio de 2013

El factor economico en la cultura.


El dinero y la cultura siempre han tenido una relación compleja. Los valores simbólicos de la segunda contrastan con la imagen maquiavélica del primero. La idea de una cultura al servicio de la sociedad y la autarquia de una producción artística que sólo quiere responder ante si misma siempre pueden chocar con la necesidad de generar beneficio o asegurar viabilidad financiera.   
  
La Cultura como hecho social, las artes que nacen y se mestizan en las calles, nuestro ejercer las tradiciones y costumbres que nos fueron legadas, el ejercicio personal de creación, el desarrollo de fórmulas para intercambiar, socializar, responder a nuevos escenarios. Todo aquello que significa la cultura en su sentido más amplio pero se queda en el campo del disfrute y la experiencia no tiene que ver - al menos directamente - con el hecho económico. Sin embargo, cuando nos planteamos la cultura como actividad profesional, la perspectiva cambia.     

En épocas anteriores, el espacio profesional se reservaba a los artistas de un cierto nivel, en una situación similar a la existente hoy en las disciplinas deportivas: Todos podían ejercer por gusto o vocación, pero sólo aquellos que realmente tuviesen un nivel superior podrían aspirar a vivir de ello; sin embargo, en la actualidad, la cultura se presenta como un espacio profesional para una amplia variedad de actores y eso genera otro escenario. El de una actividad productiva en la que el desarrollo social no es siempre el objetivo prioritario, aunque la carga simbólica del concepto Cultura, se mantenga. Convertida en una actividad a la que se accede para ganarse el sustento ¿Puede la cultura reclamar para si un aura que le deje fuera de las reglas que rigen a todas las demás actividades económicas?    
Desde su nacimiento, el Estado Nación asumió la conservación de ciertos elementos culturales, aquellos que ayudaban a construir y vertebrar el imaginario colectivo dentro del discurso nacional. El resto de expresiones debían buscarse la vida encontrando mecenas, público, compradores. Al irse complejizando la significación del concepto cultura, al ir creciendo el Estado (hablamos del modelo europeo) asimilando en si más y mas competencias, y al irse poniendo en valor la necesidad de elevar el nivel cultural de la sociedad en su conjunto, la cultura se ha ido asumiendo como una responsabilidad casi exclusiva de este, que debe proveer de recursos para alimentar a todas las estructuras profesionales que permanentemente están naciendo ya que debido a la importancia que la creatividad y la innovación tienen en ella, su capacidad de producir nuevas propuestas es casi infinita.   

Decía que se ha dado por hecho que la Cultura debe ser responsabilidad casi exclusiva del Estado. 
    
¿Porque?     

Una respuesta está el factor social: Si se entiende la Cultura como un bien general, entonces el Estado debe proveer el acceso a la misma. Esto deriva en una lectura estratégica: Se trata de proteger e incentivar las señas de identidad de un país, de modo que proveer al desarrollo de la producción artística y cultural es una manera de fortalecer y proteger la propia existencia del Estado frente a los factores externos. También está el aspecto económico. Durante las últimas décadas, la capacidad de generación de riqueza de la actividad cultural ha servido como justificante a la inversión pública a la espera de réditos económicos y políticos. Podríamos añadir otros factores, la utilidad de la industria cultural para vertebrar territorios y para brindar percepciones de integración social en poblaciones periféricas, entre otras, pero tampoco se trata de hacer un manual sobre el tema.     

Lo realmente importante es reflexionar sobre la incidencia del factor económico. un factor que demasiadas veces provoca juegos de intereses que arrancan a la actividad cultural de esa carga simbólica que la hace especial.     

Como he señalado antes, existe una corriente de pensamiento muy asentada que considera que la produccción de Cultura debería ser una responsabilidad casi exclusiva del Estado. A mi entender esta visión nace de una comprensión sesgada del significado de "facilitar el desarrollo cultual de la sociedad en su conjunto" pero además provoca problemas que se supondrían superados en una sociedad de nuestro tiempo: La existencia de un solo gran cliente (el Estado) nos hace volver a épocas en las que la producción artística debía responder a los lienamientos, gustos y censura de esa voluntad única. Al ser el Estado el comprador de una producción que luego se brindará gratuitamente o a precios irrisorios, se elimina o dificulta tremendamente la posibilidad de que productores que por cualquier razón no estén dentro de la red estatal puedan subsistir por sus propios medios.   
  
Basta reflexionar un poco para comprender cuanto mal puede hacer a la Cultura la gestión populista de presupuestos públicos, la ignorancia, la falta de objetivos y todas las formas de corrupción y clientelismo que la posesión de los recursos en manos poco preparadas puede provocar así como la limitación que este contexto supone para el desarrollo de un sector cultural privado (o independiente) fuerte.       

A diferencia de otros pilares del Estado de Bienestar como la salud o la educación, la producción cultural se expresa mediante miles de pequeños proyectos con objetivos, formas y características particulares. Estandarizarlos y estructurarlos es imposible sin destruir su esencia creadora. El Estado puede directamente proveer Salud y Educación, pero sólo algunos y muy específicos campos de la Cultura.    
 
Esto no implica una desvinculación de este en la vida cultural, sino un replanteamiento de su participación. A mi entender, el Estado debería fomentar el desarrollo cultural mediante la integración de las artes en la educación, mediante la generación de espacios de debate, reflexión, creación y participación ciudadana, apoyo a la investigación y la reflexión teórica, soporte financiero a proyectos culturales que demuestren su validez tanto para la generación de empleo como para el desarrollo de productos útiles a la sociedad, apoyar a las actividades culturales que posean valor estratégico, responsabilizarse de la conservación del patrimonio. Es decir garantizar un “contexto cultural" en la sociedad para que los productos que la Cultura genera resulten apetecibles y valiosos.      

El Estado debería desarrollar una estrategia cultural, que fuese pactada a todos los niveles posibles, generar un marco legal para el mecenazgo, incluso participar económicamente para facilitar la viabilidad de proyectos culturales y el acceso a sus productos a la mayor parte de la ciudadanía. Lo que no debe hacer es apropiarse del control de los medios de producción ni generar una costumbre de gratuidad que significa competir deslealmente con todos los profesionales de la cultura que desean subsistir por sus propios medios sin depender de auspicos ni ayudas.      

En contraparte, los actores culturales debemos entender que la Cultura como espacio laboral, como oportunidad para ejercer nuestras habilidades y ganarnos el sustento tiene las mismas reglas que cualquier otra actividad económica. Que es posible generar una cantidad inmensa de oportunidades de negocio desde este sector si se deja de suspirar por el dinero público y se asumen las riendas del propio destino. Que de cara a las empresas, la Cultura no es un adorno para el cual pedir dádivas sino un producto que tiene mucho que aportar a nivel de imagen y de herramientas innovadoras; que de cara al público, podemos y debemos estar atentos a sus necesidades y generar productos de calidad a precios atractivos utilizando las herramientas del marketing y la comunicación para llamar su atención y lograr que nos elija.








domingo, 14 de abril de 2013

¿De que Cultura hablamos? (o, hacia una Cultura, con nombre y apellido)


Polisemia, se define como una palabra con varios significados. El término ha pasado de la lingüística a otros campos, en particular en el mundo del arte. Es útil, por ejemplo, cuando alguien presenta un papel escrito y dice que ha hecho una escultura y tu respondes que eso es un papel escrito "..es que no entiendes el metalenguaje que subyace en la esencia del discurso, es necesaria una lectura polisémica que ponga en valor el objeto escritura en su dimensión escultórica..." Recibes una respuesta del estilo, y como el arte es autárquico, el asunto va a misa.

El multisignificado gusta en el mundo de la alta cultura, será por eso que se utiliza tanto. El problema es que, en algunos campos, que un concepto lo sea en demasía puede ser un serio problema. 

Lo es en la comunicación. Desde el inicio de nuestra evolución, nuestra mente ha necesitado discernir velozmente, tomar decisiones con pocos datos disponibles, por ello desecha la información confusa y se centra en aquella que es clara. esta regla opera en el lenguaje, donde un concepto es mejor mientras más claro y preciso resulte. En 1969 Jack Trout acuñó uno de los conceptos mas potentes de la comunicación: El posicionamiento, la percepción mental  que se tiene de una palabra, marca, imagen. Mientras más clara, concisa y relevante resulte la información que se transmite para el receptor del mensaje, mejor será la respuesta de este.

Y llegamos a la cultura, no al hecho, sino a la palabra. Cultura es un concepto complicado, ha ido evolucionando a lo largo de los últimos siglos, y hoy en día es peligrosamente polisémico. A la evidencia me repito:  Al decir cultura uno puede referirse, según el contexto en que se use la palabra, a una industria, una tradición, un sistema que genera íconos de masas y referentes sociales,  un proyecto de vertebración regional, un bien intangible que aumenta nuestra conciencia de ciudadanos, una actividad que dinamiza territorios, un servicio social, una línea de actividad económica, un centro de conservación y muchas cosas más.  Según la Wikipedia, en el año 1952 Alfred Kroeber y Clyde Kluckhohn compilaron una lista de 164 definiciones de "cultura" en el libro Cultura: Una reseña crítica de conceptos y definiciones. 

La variedad de significados, significa también variedad de relaciones, lo que puede ser verdad para ciertos campos, no lo será para otros. pongo ejemplos:  
"La cultura nos hace mejores" ¿Una empresa de videojuegos o los encierros de Pamplona?
"La cultura debe ser subvencionada" ¿Un concierto de Shakira o una sastería de trajes tradicionales?
"Los que trabajan en cultura están forrados y son unos engreidos ¿El guía de un museo? ¿un técnico de luces?  
"Los que trabajan en cultura son unos vagos" ¿Se referirá a mi amigo Toni que programa festivales y ciclos de cine en los tiempos libres que le dejan su trabajo de maestro y su familia?
"La cultura es una alternativa al ocio" ¿Las tradiciones, la historia, la educación en áreas no científicas?

La diferencia se puede aclarar, pero la comunicación eficaz enseña que si un concepto necesita explicaciones, no es efectivo, no para una transmisión rápida y clara de ideas. No para el posicionamiento.

Los involucrados en la cultura nos solemos quejar de la poca importancia real que la cultura tiene para la población o para los políticos, pero ¿que hemos hecho para producir un discurso que cambie esa dinámica?

En primer lugar sería importante definir nosotros mismos a que nos referimos con cultura, porqué pensamos que esta es importante. A mi entender, todos, consciente o inconscientemente incluimos en nuestra definición particular el sentido clásico del término, que venía a ser cultivar, el alma según Ciceron, o la individualidad y la expresión plena del ser auténtico, según Rouseeau. Un estado en el cual la ignorancia y la superstición sean superadas por el conocimiento y la sensibilidad (el arte y la ciencia). Un proceso de cultivación que se recoge en el conjunto de saberes, conocimientos y conductas de una sociedad. Pienso que todos los que creemos que la cultura es importante los hacemos porque vemos en ella a un conjunto de valores humanos, una herramienta que nos permite pensar, reflexionar, y por ello, ser más libres.


El problema es que eso no es lo que se transmite al individuo de la calle, el problema, es que sin un concepto concreto, que genere un posicionamiento claro. La cultura, en el sentido que he definido, corre el peligro de ser una más de las cosas que desaparezcan dentro de una "cultura" de la superficialidad, la instantaneidad y la sobreexposición informativa.

Es importante por tanto desechar el atávico rechazo de muchos actores culturales por elementos de gestión eficaz (marketing, comunicación, eficacia administrativa) y trabajar para construir un posicionamiento claro y potente para la cultura. Aunque parezca una tontería uno de los primeros pasos para ello es ser más precisos en el uso del concepto"Cultura"

Me puse a buscar casos parecidos y me encontré con otro sustantivo que haya tenido el mismo problema y lo encontré en "sociedad" salvo que en este caso, desde hace ya varios siglos y para evitar confusión, todas las referencias específicas tienen un segundo sustantivo que, a modo de desinencia, aclaran el sentido de la expresión, verbigracia: Sociedad civil, sociedad financiera, sociedad artística, sociedad anónima, sociedad de beneficencia y todo el resto. 

¿Que posibilidad habría de que los participantes de la vida cultural, fuesemos capaces de consensuar, utilizar y exigir a los organismos oficiales, medios de comunicación, asociaciones y demás entes que vehiculizan la información pública, además de ejercer activamente en blogs, artículos, conferencias y demás, un uso racional del término, aclarar previamente que queremos decir y utilizar una serie de conceptos como "Empresas culturales", "Obras artísticas" "Cultura escénica" "Servicios culturales" cuando sea posible, en lugar de utilizar siempre el fácil recurso de hablar de Cultura?

Aparte de lograr claridad hacia fuera, quizas la logremos también hacia dentro y se nos haga más facil comprender que la participación y aprendizaje en la cultura debe ser un bien público; los productos culturales, no todos. Dentro de la cultura coexisten áreas que requieren planificación, políticas y estrategias consensuadas a nivel local, regional o incluso estatal; otras para las cuales debemos exigir un interés e involucramiento público, pero también otras, y son muchas, en las cuales se debe dejar espacio libre a la creatividad y capacidad de los productores para que estos generen productos suficientemente atractivos como para llamar la atención y generar el consumo del público; pero consumir no por gratuidad, sino porque el mencionado producto tiene un valor intrínseco que lo hace deseable. ... ¿Suena dificil? ¿No lo han logrado los fabricantes de cerveza y de zapatos? ¿Porque no pueden hacerlo los productores culturales?


lunes, 25 de marzo de 2013

¿Qué protegemos cuando defendemos la cultura?



Una de las herramientas más importantes del marketing, el posicionamiento, se refiere al "lugar" que un concepto ocupa en la mente del público. Los expertos señalan que un posicionamiento claro y sobre todo concreto, permite una propuesta de valor eficaz, y garantizará al producto/servicio/idea que lo genera, un lugar relevante en nuestra mente. 

Posiblemente uno de los grandes problemas del termino "cultura" es que no tiene un posicionamiento claro. Lo usamos para un sinfín de cosas. A modo de ejemplo cito tres: Un conjunto de tradiciones (la cultura del país) las relaciones en torno a un producto (la cultura del comic) los productos artísticos (interés por la cultura), pero la lista es más larga, demasiado larga.

Es lógico entonces que sea tan fácil mezclarlo y confundirlo todo. Que se entienda que el derecho a la cultura signifique que las actividades artísticas y otros productos similares deben de ser gratuitas o que la cultura es un negocio lucrativo porque un puñado de artistas en particular del cine y la música hagan fortuna con su trabajo. Intentar aclarar el berengenal sería un intento excesivo para estos pocos párrafos, así que me centraré en lo que para mi es realmente importante. ¿Que aporta la cultura para que tengamos que darle importancia en la sociedad. Si es que debe ser así?

En nuestro mundo occidental contemporáneo, consideramos importante la identidad. En una sociedad donde las cosas se suceden y desaparecen con velocidad pasmosa, la posibilidad de que sistemas sociales que se han desarrollado a lo largo de cientos o miles de años desaparezcan de pronto es real. El proceso evolutivo que cada sociedad ha tenido a lo largo de su historia es un proceso de selección en el cual se han elegido caminos y desechado otros. La subsistencia de diversos sistemas sociales ("culturas") permite la conservación de diversas fórmulas de conviviencia viables (las no viables desaparecen espontáneamente en el camino) Todo nuestro sistema de conciencia basado en la relatividad de la propia experiencia y la validación de la alteridad se basa en la posibilidad de  conocer y reconocer otras variantes de interacción social. Por poner un ejemplo: Sin la subsistencia de las sociedades amerindias o subsaharianas, no habriamos redescubierto para occidente la importancia del contacto físico para los bebés, ya que en algún momento nuestra sociedad desechó esa forma de interacción. La posibilidad de contrastar la fortaleza de los vinculos emocionales en las diversas culturas y encontrar los elementos que las construyen permite corregir un error en el proceso. Sin el "otro", un otro diverso, esa posibilidad se extingue.

En un mundo globanizado, en el que las fuerzas dominantes imponen sus habitos y fórmulas sociales, la diversidad cultural es un bien en peligro, que debe protegerse por su capacidad de proponer soluciones diversas y con ellas una riqueza que nos puede hacer mejores. Las sociedades han evolucionado en gran medida gracias al mestizaje provocado por los grandes procesos migratorios que llevan masas nuevas a los lugares en el momento florecientes. Hoy en día los africanos que emigran al sur de europa y los europeos mediterráneos que migran a la Europa del norte, los asiáticos que migran a oriente medio o Australia y los suramericanos que migran a America del norte llevan a los paises receptores unas experiencias que permitirán con el tiempo el surgir de nuevas culturas y modelos sociales.

Todos los elementos que recogen esa diversidad: la gastronomía, la lengua, las artes, la religión, el humor y un sinfín mas, son en esencia lo que llamamos cultura. El derecho a la cultura es -a mi entender - el derecho a participar, conocer, disfrutar y proponer en ese espacio. Un espacio vivo y potente, pero que poco tiene que ver con un mundo económico. El derecho a la cultura tiene que ver con el derecho a aprender a ser agentes de la misma, igual que aprendemos a ser agentes de la actividad económica o de la sociedad civil y, al igual que el derecho a la salud o a la educación, debe estar protegido porque su ejercicio complementa las herramientas sociales del individuo y le permite desarrollarse de manera mas completa. (Estos derechos se recogen en el pacto internacional de derechos económicos sociales y culturales ratificado en las Naciones Unidas en enero de 1966).

Por otra parte, ya en 1982, la UNESCO publicó un estudio de expertos de diversos paises titulado "Industrias Culturales, el futuro de la cultura en juego" En el que se hace hincapie en la importancia de las industrias culturales para proteger la diversidad. En un mundo de reglas económicas, donde el más fuerte se impone, sólo la profesionalización de una parte de los actores culturales puede garantizar unos espacios mínimos de salvaguarda de las culturas locales; ahora bien, la actividad laboral en el ambito de la cultura ya no implica un espacio de consumo gratuito, como no lo son la comida o el vestido. Es necesario que se valore, en los dos sentidos del término: Dar valor y poner precio, a la actividad cultural profesional, porque su producción implica medios y porque la dedicación exclusiva del productor cultural a dicha actividad debe permitir la subsistencia.

No estoy a favor de que el Estado sea quien financie las industrias culturales, esta opción ofrece tantas luces y sombras como cualquier otra, pero si estoy convencido de que un Estado responsable debe facilitar el acceso a los productos culturales, al igual que se hace con otros productos necesarios para garantizar una vida digna. Un gobierno inteligente, debería buscar estrategias para fomentar el consumo de una industria que (en el caso español) aportó en el año 2009 el 3.6% del PIB, genera una gran cantidad de puestos de trabajo no delocalizables y tiene como valor agregado, si los criteros expuestos son correctos, un sentido estratégico en la conservación de la propia identidad.

martes, 29 de enero de 2013

Algo nos queda rustico en el alma


Teniamos crecida de río. La mayor de los últimos 10 años, oí en la tele.

El domingo salí a la calle, o mejor, al sendero.  A meterme en el lodo, como no hacía desde hace tiempo. A sentir a la naturaleza correr a mi lado.  Me metí por entre los árboles y matorrales hasta llegar al borde mismo del río y me quedé allí, mirando, disfrutando, oliendo, escuchando...

La naturaleza, a veces, incluso en un espacio tan domesticado como el cauce del Ebro a su paso por Zaragoza, se sacude la melena y nos da un toque en el hombro para que recordemos que sigue viva y con hambre.

Allí, sentado junto al río, escribí estos versos, que transcribo sin editar y sin pulir, como salieron, como una forma de decirle al río que yo también disfruto de la vida y sigo teniendo hambre...






El agua, siempre el agua
agitando las hojas en la lluvia
doblegando los juncos en las riadas
desperezándose el cuerpo en forma de olas 
             hipnóticas                      violentas

Renovando la vida
sembrando alguna muerte
persiguiendo los límites del mundo
retocando la forma de las cosas
huyendo de mis manos

El agua
siempre el agua

sábado, 8 de diciembre de 2012

Cultura en femenino

Es curioso lo mucho que podemos tardar en darnos cuenta de lo ingenuas o ignorantes que son algunas de nuestras visiones del mundo.

Sentadito y tranquilo en mi vereda, me había convencido de que la discriminación sexual era un problema relativamente residual en occidente. Territorio de grupos sociales concretos, de abuelos retrogrados y tribus urbanas en declive.  Mi experiencia de 12 años en Italia y España, y la lectura de información respecto a paises del entorno me había llevado además (y esa lectura se mantiene) a pensar en ello como un problema profundamente arraigado en el mediterráneo, tanto en la ribera cristiana como en la musulmana (quizas porque, aunque la primera vaya evolucionando poco a poco, las tres religiones monoteistas, que son factor fundamental de la identidad de estos pueblos, son profundamente machistas)  

Una cosa es estar despistado y otra ser un completo ignorante. Soy conciente del machismo latinoamericano (¿no inventamos nosotros al "macho latino"?) pero esa realidad lamentable convive con una prolífica vanguardia femenina que se mueve en todos los campos. Crecí viendo en los medios de comunicación a ministras, académicas, escritoras, profesionales independientes, presidentas de organizaciones empresariales y un largo etcétera, presentadas como figuras relevantes y citadas como opiniones de refererencia, y creo; quizas (una vez más) ingenuamente, que esa normalidad genera en el resto de la sociedad, incluso en aquellos estratos donde esa paridad no es la norma, la sensación de que es posible y deseable, y correcta.

Por todos estos motivos me quedé tristemente asombrado al escuchar datos y comentarios en el encuentro de mujeres en la cultura (Zaragoza, 27 y 28 de noviembre de 2012) A lo largo de dos días se hizo un diagnóstico descarnado de la situación de la mujer en la cultura, apoyado en estudios y datos que demuestran que la participación femenia es muchas veces marginal, habitualmente relegada a puestos de escasa relevancia y en el mejor casos, excepciones que confirman la regla.  Al principio, pensé que asistía a una reflexión centrada en España, claramente mi sorpresa en ese campo era escasa: Un país que hace 50 años exigía a una mujer que quisiera viajar sóla una autorización escrita de su marido, puede evolucionar, pero las estructuras sociales solo dan verdaderos pasos adelante con el cambio generacional. El segundo día del encuentro se hizo evidente sin embargo que hablabamos de un problema con dimensión mucho más amplia, profesionales con experiencia internacional planteaban su conocimiento de situaciones análogas en otros puntos de occidente... ¡El problema es sistémico!

No es mi intensión en este espacio profundizar sobre estos datos, sino reflexionar sobre sus consecuencias. Siempre me ha llamado la atención la sabiduría del concepto taoista de ying y Yang: Dos fuerzas complementarias, opuestas e indispensables para la el equilibrio de la vida. Comparto con ese modelo de pensamiento la convicción de que hombres y mujeres no son iguales (por suerte) sino equivalentes. El concepto de igualdad es a mi entender un profundo error en si mismo ya que exige la "demostración de competencia" en el "campo validador" para que la mujer alcance el merecido respeto y valoración social. Y como el campo validador es aquel que ha ocupado el hombre, obliga es a que la mujer demuestre su competencia en un mundo hecho a imagen del hombre en lugar de buscar un nuevo modelo en el que ambas fuerzas confluyan (fue interesante recoger varias experiencias de artistas femeninas que habían visto premiada su obra porque quienes debían seleccionar pensaban que era hecha por un hombre). La perspectiva femenina y másculina siempre serán opuestas y por ende ontológicamente complementarias. Esa conciencia debería bastar para buscar constantemente su participación en todos los aspectos de la vida, a fin de que nuestra lectura de la misma sea la más completa posible. Entiendo sin embargo que en el proceso de reconversión, el concepto de igualdad pueda ser necesario, no un punto de llegada, sino una ruta.

Una vez definido lo anterior, me resulta penoso que la mujer haya sido (y siga siendo) sistemáticamente marginada de la vida pública y más concretamente de la vida cultural de una sociedad (que es el ámbito en el que se construyen los imaginarios sobre los que se crean los arquetipos de conducta) es, por un lado el irrespeto a la dignidad y al derecho de un ser humano a contar su realidad, a crecer hasta donde sus límites y sus capacidaes puedan llevarle, y por otro lado, la prueba de que, por una patética necedad y falso sentido de superioridad de uno de los dos elementos de la ecuación, la humanidad se haya perdido toda la riqueza que le hubiese podido ser aportada si esas generaciones de mujeres hubiesen visto reconocido su derecho a cultivar sus capacidades y aportar su conocimiento.

Muchas veces me he encontrado reflexionando sobre mi vida y sobre una serie de decisiones que determinaron la forma y los escenarios en los que la he vivido. Muchas veces me he preguntado, por simple ejercicio de curiosidad, que habría ocurrido si en tal o cual momento hubiese girado a la derecha en lugar de la izquierda o hubiese elegido si cuando dije no. No se si hubiera sido mejor, pero si se que hubiese sido completamente distinto y no puedo dejar de fantasear con esos universos paralelos. Traslado esa curiosidad a este campo, con una diferencia. A la luz de todas las violencias, las destrucciones, las vejaciones que la humanidad se ha causado a si misma, creo que ese universo paralelo en el que las mujeres hubiesen participado más activamente habría sido mejor, inevitablemente.

Los datos de últimos años, aportados en el encuentro, la apuesta de la Unión Europea por la igualdad de género, auguran que ese momento empieza a ser presente. Ojalá que tengamos la capacidad impulsarlo de corazón, en todos los campos, para beneficio de todos.

II encuentro de mujeres en la cultura, web Procura

domingo, 28 de octubre de 2012

El Master de Cultura de la Universidad de Zaragoza queda en suspenso

Interpretar la realidad es siempre un ejercicio de alto riesgo.
Convertir un hecho o una cadena de ellos en una hipótesis sobre las motivaciones que llevan a los individuos o a un conjunto social a actuar de una manera es probablemente un intento fallido desde el inicio, ya que presupone una interpretación parcial, segmentada e incompleta. Pero la realidad es que, desde el conversador que decide dar un giro a sus argumentos para convencer a sus interlocutores, hasta los filósofos y estudiosos de más rancio copete, los seres humanos nos pasamos la vida haciéndolo. Es un requisito obligatorio para la conviviencia, en nuestra condición de seres endoplásmáticos obligados a interactuar con un mundo exterior que sólo podemos percibir con el tacto y las antenas.
Hace un par de días me enteré de que el Master en Gestión y Políticas Culturales de la Universidad de Zaragoza no se celebra este año. Entra en hibernación - por el momento - hasta comprobar si procede a la desmaterialización definitiva o si sólo debe tomarse un respiro para recuperar el aliento. La noticia me ha generado el inevitable flujo de reflexiones que dan lugar - una vez más - a una interpretación que me interesa compartir porque viene a cuento de una serie de reflexiones que vengo acumulando sobre la actividad cultural en España.
En mi perspectiva, probablemente mediatizada por el modelo universitario y profesional americano que da mucho menos espacio a la intervención estatal en la vida civil, entiendo un Master como un nivel de formación especializada que permite al profesional acceder a un tipo de conocimientos, prácticas y herramientas que le van a permitir elevar su nivel profesional y por ende subir en la escala profesional mediante mayor reconocimiento y mejores ingresos. Este presupuesto implica también la existencia de un mercado laboral necesitado del tipo de conocimientos que el profesional así formado podrá aportar. Despues de unos años en España no se si el sentido que tiene un postgrado, al menos uno como el que aquí comento es el que he explicado o más bien el de curso de especialización. Por el momento dejo el apunte allí, que luego me servirá para enlazarlo con otras ideas. Me interesa reflexiona sobre la suspensión del programa, sus razones y sus posibles oportunidades.
Estamos sufirendo en España - como parte de la actual crisis económica - un verdadero shock en el campo de la cultura. Un modelo completo, desarrollado sobre el concepto de la subvención estatal se está viniendo abajo y no estoy al corriente de cuantas reflexiones serias sobre alternativas de futuro existen, pero aunque las hubiera, entre el discurso teórico y la reconversión real del profesional de a pie, suele haber un desfase temporal que no se resuelve en el corto plazo, ni aunque ayudas importantes para guiar la misma y reducir los tiempos.  Me parece evidente que el Master de la Universidad de Zaragoza se generó con el objetivo de dotar de profesionales cualificados en la Gestión Cultural a un sistema público desprovisto de los mismos en la Comunidad, salvo aquellos formados en la experiencia o en programas académicos de otras comunidades o paises.  El primer problema entonces es que el mercado objetivo inicial (El estado, las administraciones locales y demás instituciones) ha reducido su demanda.  Ciertamente, la autogeneración de empleo y proyectos privados también han demandado - y se han nutrido - de los graduados del Master, pero en mi conocimiento, la incidencia de estos campos profesionales es relativamente menos relevante. 
Un segundo problema es que una parte importante de los graduados no han alcanzado el reconocimiento profesional que debería venir asociado a la obtención del Titulo. Los motivos pueden ser muchos, quizas asociados a esa idea de "curso de especialización" de que hablé antes, más que asociados a aspectos de la calidad del Master. De hecho, aunque un poco dispersa (debilidad producida por el intento de cubrir todo el espectro de la actividad profesional) la estructura académica y el nivel del profesorado, puede considerarse de un nivel más que suficiente y en muchos casos, muy alto. Sin embargo el nivel de validación, o al menos la validación entre los posibles estudiantes, debe haber fallado en algún punto, en caso contrario se habría conseguido dotar al titulo del brillo suficiente como para hacerlo apatecible y garantizar su subsistencia. (En este punto, no conozco la medida en que la crisis haya afectado a otros programas de postgrado a fin de poder dar una perspectiva mayor a mi razonamiento)
El tercer problema, tan sistémico como al primero, a mi entender, e íntimamente relacionado al mismo: La desmotivación generada por la crisis de un modelo de pensamiento arraigado en la sociedad. Si se entiende que la gestión profesional de la cultura debe ser una responsabilidad del estado, y este se encuentra en un momento de crisis, se produce la sensación de vacío. ¿y que sentido tiene el esfuerzo de formarse si no va a provocar ningún beneficio porque no existe campo para el ejercicio profesional?
Quizas sea este el punto más importante a atacar para recuperar el interés y el atractivo en el Master. El Estado se encuentra incapacitado por su falta de medios para volver a asumir la tracción de la maquinaria de la cultura, este es un hecho inevitable y lo importante es buscar alternativas que permitan a futuro la diversificación de motores para la vida cultural. Reflexionar sobre nuevas oportunidades, mejor aprovechamiento de recursos, desde la Universidad, orientar y participar en la bíúsqueda y creación de nuevas fórmulas para una cultura que, como todas las actividades humanas, deben ser validadas por la propia sociedad de la que nacen si quieren garantizar su existencia.
Por el momento, sólo queda esperar y para ver si el Master en Cultura de la Universidad de Zaragoza es capaz de lucir nuevamente sus mejores galas.