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lunes, 27 de enero de 2014

Las trincheras de la cultura

No se si tiene que ver con que voy conociendo mejor esta ciudad y sus tejidos, o si efectivamente (como creo) algo ha cambiado, pero de un tiempo a hoy me parece encontrar a Zaragoza más llena de espacios culturales autogestionados, de pequeños escondrijos donde bulle la intención de seguir vivos, no en el sentido biológico, sino en el emocional, espiritual, intelectual o lo que sea que se alimenta con la generación de arte, de reflexión, de encuentros e intercambios.

Llevamos varios años de crisis económica en Europa y en España y con ella ha entrado en crisis todo un modelo de políticas y gestión cultural. La caída en picado de la inversión pública en la actividad cultural, la imposición de un IVA desmesurado y otros factores colaterales han abocado a la desaparición a muchos espacios y programas y puesto en grave riesgo la continuidad de otros tantos. Como una traslación al mundo real de la modernidad líquida de la que por tantos años nos estuvo hablando Bauman, la crisis nos ha enfrentado de golpe con una realidad mucho menos poblada de certezas, mucho mas aleatoria, una realidad para la cual no nos habíamos preparado y que por tanto nos está costando mucho digerir.

Hasta donde llego a entender, este nuevo escenario se ha generado en parte por una evolución inevitable de la sociedad, sus modelos productivos, sus estructuras y la creciente interdependencia de sus mercados; pero también por el cinismo de un sistema que exacerba nuestro egoísmo y nuestro afán competitivo renegando de todo elemento ético, convenciéndonos del valor del triunfo a cualquier costo. Detrás de la crisis se adivinan las sombras de grupos de poder económicos e ideológicos que, a juzgar por la agresión y desmantelamiento que está sufriendo el sistema social europeo tienen muy poco interés en fomentar una gran clase media sana y formada, quizás porque ella ha demostrado ser el caldo de cultivo perfecto para grupos reflexivos y posturas críticas, para individuos menos manipulables, especie peligrosa por lo que hemos visto en los noticiarios de medio mundo.

Es en este nuevo escenario donde la cultura necesita de trincheras desde las cuales defender el derecho a pensar, a reflexionar, a sentir y a buscar más allá de los cánones preestablecidos. Hay tiempos para sembrar y tiempos para la cosecha. En este momento, en mitad del tsunami que amenaza con llevarse por delante el fruto del esfuerzo de generaciones enteras, es importante dejar de lado el inmovilismo y el desánimo para buscar fórmulas que permitan no sólo sacar a flote una vida cultural amenazada, sino hacerlo de manera más sólida y consistente.

Debemos involucrar a la mayor parte posible de la sociedad, acercar la experiencia artístico - cultural a los niños desde los primeros momentos, fomentar a través de dicha experiencia su creatividad, su capacidad de adaptación, su sensibilidad y su tolerancia. Ante un sistema que parece querer erradicar de los currículos formativos todo vestigio de reflexión y humanismo, es necesario crear espacios para pensar e intercambiar, para descubrir las cosas que nos hacen humanos.

La crisis actual parece querer condenar a la cultura y sus actores a la categoría de aficionados, pero no hay que temerle. Crisis como esta sirven para desbrozar el camino, para comprobar quien estaba acercándose a la profesionalización de la cultura con pasión y vocación (que a mi entender resultan indispensables, como en la enseñanza o la medicina) y quien lo hacía por facilidad o comodidad.

De un modelo casi totalmente dependiente del dinero público, debemos avanzar hacia un sistema que involucre a todos los actores sociales desechando oxidados prejuicios ideológicos. Debemos formarnos para aprender la gestión de los proyectos desde una perspectiva de marketing estratégico a fin de aprovechar sus posibilidades de auto gestión.  Una sociedad culturalmente activa genera proyectos, dichos proyectos pueden dinamizar economías y dicha dinamización mejorar la vida de muchas personas. No es importante si esto debería hacerlo o no el Estado, sino si somos parte de la solución o nos sentamos a condolernos.

En momentos como este se hacen visibles gestores y artistas de a ratos libres y profesionales comprometidos, dispuestos a librar batalla para defender aquello en lo que creen,

Todos son importantes, el que terminará en un gran escenario y el que luego de un tiempo se dedicará a otra cosa. Todos aportan su visión, su emoción y su impronta, La vida cultural de una ciudad no se mide, o no debería, solo por la cantidad de espectáculos que exhibe en su agenda, sino por todo lo que bulle en las calles. Impulsarlo, dinamizarlo, ese el sentido esencial de la gestión cultural entendida como pasión y  convicción.

Si la crisis actual puede traernos algo bueno, debería ser una profunda catarsis que nos permita replantear el objetivo para el que hacemos cultura. Las industrias culturales están bien: Generan recursos, puestos de trabajo y alternativas. Hay electricistas o carpinteros que prefieren trabajar en un teatro que arreglando casas y posiblemente dicha experiencia les de una carga distinta, pero lo que realmente construye el valor de una sociedad está en el valor que le demos a nuestra experiencia cultural y a las expresiones artísticas que la sintetizan. Lo siento si me repito, me molesta que quien se niega a pagar la entrada al cine o al teatro porque está caro no se mosquee si tiene que pagar siete u ocho euros por un cubata.


Y si queremos hablar de una perspectiva laboral ahí dejo una idea: Sólo a través de la construcción de una sociedad apasionada por la cultura podremos consolidar la profesionalización del sector sin temor a que la próxima crisis lo borre de un plumazo.




domingo, 15 de septiembre de 2013

Biosferas, canciones y formas de pensamiento



Hoy descubrí a Lisandro Aristimuño.
Mi querido amigo Pablo Noboa me mandó un enlace del programa argentino Encuentro en el Estudio y pude disfrutar de una hora de entrevista y música. Mientras veía, los gestos de Lisandro y algunas de sus expresiones me recordaban a ese monstruo de la música en español (de la música, a secas) que es Fito Paez y no podía dejar de pensar en la influencia que tiene la biosfera que nos rodea (la constituida por ciertas sonoridades, una historia, contextos comunes o una manera de enteder la vida) en la manera en que nos expresamos y actuamos.
Llevo muchos años pensado en la huella que las biosferas (la del clima y la geografía, la de las costumbres y el idioma) tienen en nuestra manera de concebir la vida. Oí en mi lejano pasado una frase de Heideger que decía que El hombre es un ser en el lenguaje. Mas exáctamente la cita es: El lenguaje es la casa del ser, y en su morada habita el hombre". Una idea, que siempre me sonó hiper lógica, de que la manera en que apalabramos y por ende entendemos el mundo determina nuestra manera de confrontarnos con el, me ha marcado profundamente, Desde entonces intento analizar semióticamente cada nueva lengua que aprendo o atisbo. Busco entender su lógica para descubrir la manera en que modela nuestras estructuras mentales y nuestra comprensión de la realidad. En su entrevista, Lisandro infería en una idea similar: Hablaba de que la escenografía de un espacio (el espacio como escenografía) influye en la manera en que sentimos y percibimos, y en su caso como músico, en la manera de componer y de estructurar su trabajo.
Pero un lenguaje no sólo es el idioma, sino la manera en que lo utilizas, El español iberico y el latinoamericano son tan diferentes como nuestros temperamentos y nuestra relación con el mundo. Al menos, luego de casi siete años en Aragón no dejan de sorprenderme, debajo de todas nuestras similitudes, las profundas diferencias entre este país y la America que yo conocí: Mi Ecuador natal y las Colombias, Perús, Argentinas o Chiles que intuí a través de sus artistas, los forasteros con los que compartí (en mi cabeza no existia el termino inmigrantes), los viajes que realicé.
Pongo algún ejemplo: Anoche estaba en una conferencia oyendo a grafiteros mejicanos hablar sobre su obra y su experiencia (algunos de ellos viven y trabajan en Europa) y uno de ellos explicando sus formatos y materiales dijo algo así como "nosotros buscamos la manera de resolvernos las cosas, no tenemos de nada entonces tenemos que improvisar, no como aquí que tienen todos los recursos y entonces si alguna vez no tienen todo resuelto como que se paran" En mi lectura de la frase se mezclaba la queja por la falta de recursos allá, pero también el reclamo por la comodidad que provocan las facilidades. Otro hizo hincapie en el hecho de que allá oía a la gente cantar por la calle y reir "porque nosotros nos reimos mucho" Breve inciso: ¿La búsqueda del confort y la de la felicidad transitan por caminos distintos? Eso da para mucho más que un post, así que dejémoslo allí.

Vuelvo de los grafiteros a Lisandro y a León Gieco (una vez enganchado me vi tres programas de una tacada, el de Aristimuño, el de Gieco y el de Fito Paez) y me llamo la atención la simplicidad de perspectivas de estos grandes artistas y como en la base de sus carreras había una relación natural con las posibilidades de éxito o fracaso. Aristimuño explicaba que mientras grababa su primer disco estudiaba para profesor parvulario, pensando en dedicarse a la educación para vivir y a la música como un complemento ya que no contaba con poder vivir de ella. Decía también que está feliz de poder hacerlo y que como músico independiente no se plantea hacer gran fortuna, en todo caso aprovechar su éxito para promover a otros artistas (en su web hay un listado mensual de música descargable que es una acción concreta de difusíón y promoción) Gieco contaba que su ilusión al llegar a Buenos Aires era ganar dinero suficiente como para regresar a su pueblo y comprarse una verdulería. Estas ideas me chocan con una sociedad en permanente estado de reivindicación, como si todo fuese debido. Los grafiteros a los que escuchaba anoche también hacen otras cosas para vivir, excepto uno que ha conseguido situarse suficientemente bien como para que auspiciantes y marcas busquen asociarse a su trabajo.
Me siguen llegando datos a la cabeza: A principios de mes, el diario español El País publicaba un artículo titulado "Suecia no es El Dorado" en el que se comentaba que los emigrantes españoles llegados a dicho país no lograban enrolarse en trabajos acordes a su titulación o experiencia. ¿Que tiene de raro? pensé mientras leía. ¿Que porcentaje de inmigrantes llegados a España u otro destino europeo hemos vuelto a ejercer nuestra profesión, así sea años despues? Las personas de las que hablaba el artículo habían pasado de ser parados de larga duración a tener un trabajo digno, creo que eso es lo que busca todo aquel que se ve forzado a hacer maletas porque en su patria no encuentra las oportunidades necesarias para desarrollar su vida.  
Quizas necesitaría más argumentos para demostrar mi idea de las biosferas y la forma en que ellas inciden en nuestros modelos de pensamiento, por le momento lo dejo y vuelvo por última vez a las tres entrevistas: Me gustaron mucho, así como volver a escuchar canciones que forman parte de la banda sonora de mi vida. Aristimuño, al hacerme pensar en escenografías y percepciones del mundo, me regresó de golpe a la conciencia de que cada contexto nos infunde una realidad distinta, llena de opiniones cuyos propietarios consideran verdades. La realidad latinoamericana que conozco nos hace vivir desde la emoción con lo bueno y lo malo que tiene, quizas así se expliquen nuestras músicas, nuestras literaturas y todas las demás expresiones artísticas y sociales, siempre sensibles, siempre apasionadas. Esa es una versión posible de la vida. Nada mas y nada menos.
Despues de tres posts intentando pontificar sobre como vivir la cultura, me hace bien volver a ser conciente de que desde una vereda solo tenemos una perspectiva fugaz de lo que pasa a nuestro lado y, en todo caso, las impresiones que se quedan en la piel y la retina cuando dichas cosas ya han pasado. Creo que es sano, muy sano recordarlo

jueves, 25 de agosto de 2011

Un mundo más negro que su conciencia




Uno de los grandes regalos que la experiencia europea le ha hecho a mi conciencia ha sido el descubrimiento del mundo negro. Digo mundo y no cultura, porque en realidad mi acercamiento a esta sigue siendo superficial; lo que si ha existido, al aumentar la cercanía, es un atisbamiento de la profunda penetración que esta raza ha tenido debido a sus circunstancias y a partir de ello una reflexión sobre su influencia en las expresiones culturales del mundo europeo y americano.

En Guayaquil mi experiencia de lo negro nacía siempre desde lo ajeno: Una raza asentada en una zona concreta del país, unas cultura y tradiciones que daban aún más color a una sociedad rica en su mestizaje. Un elemento curioso al que acercarse con el extrañamiento del turista... Sólo años después supe que la presencia negra en Latinoamerica es casi equivalente a la indígena, sólo el día que fui invitado por primera vez a probar la cocina senegalesa supe que el arroz, el plátano y hasta algunos guisos eran tan similares a los de mi infancia que la única explicación posible pasaba por una influencia trascendente, aunque intencionalmente olvidada de los negros en nuestra cultura. Una influencia que se manifiesta en rasgos físicos que en una sociedad racista y clasista es preferible obviar; en sabores, en ritmos, en una actitud hacia la vida.

Por esas casualidades que tiene el mundo, muchos de los documentales sobre música que he visto últimamente tenían que ver con artistas y arte negros. Expresiones tan en las antípodas como los ritmos costeños del Perú, la experimentación de Miles Davis en el tercer festival de la Isla de Wight, o el "Regreso a Gorée" de Pierre-Yves Borgeaud que cuenta el recorrido de Youssou N'Dour buscando el origen esclavo del blues y el R&B. Cada uno de estos documentales me llevaba a reflexionar sobre la profundidad de la marca que un grupo humano puede dejar a su alrededor. Si una comunidad esclavizada, marginada, privada de todo sentido de valor puede insuflar su huella tan profundamente en las sociedades a las cuales se acerca, al punto que sea casi imposible conocer donde empieza o donde termina esta, ¿cual será dentro de 200 años la marca de las culturas que hoy llegamos a Europa para iniciar esto que posiblemente es la más extraordinaria experiencia de mestizaje desde la conquista americana?

Las culturas que llegan, particularmente si lo hacen desde países más débiles o menos avanzados en el modelo de desarrollo dominante, suelen ser vistas como inferiores (una de las tantas simplificaciones de la cotidianidad, que confunde - por ejemplo - desarrollo tecnológico o estado de derecho con acervo cultural) como tales suelen ser poco apreciadas. Sus diferencias con la cultura local generan habitualmente miradas de desconfianza que frecuentemente desembocan en el aislamiento y la gettización. Los proyectos de sociedad multicultural generados desde los gobiernos de media Europa no han sido particularmente eficaces para resolver esta situación, en parte por la dificultad (o el desinterés) de los recién llegados de adaptarse a la cultura receptora, en parte por falta de eco de dichos proyectos en la sociedad receptora. El proceso de mezcla, si bien bastante diverso en cuanto al equilibrio de fuerzas, no parece que será sencillo tampoco en esta ocasión (como en parte se prueba con los focos cada vez mas fuertes de nacionalismos y extremismos en la misma Europa que quizo ser un modelo de conviviencia). Los procesos sin embargo no pueden detenerse y la conciencia de su significado debería ayudarnos a atravezarlos con una mezcla de entusiasmo y vértigo.

El último campanazo en mi cabeza, el último impulso a compartir estas ideas, se dio ayer al leer un artículo sobre la muerte de Jerry Leiber. Una persona con mayor cultura musical que la mía posiblemente hubiese reconocido al personaje, hubiese conocido su curiosidad por la música y la cultura negras de los Estados Unidos y su influencia en los primeros años del Rock and Roll. La ignorancia me llevó a investigar y la investigación a saber que Elvis o Billy Halley fueron tan solo los primeros músicos blancos en ofrecer al gran público (es decir a la mayoría blanca) su versión de un estilo musical nacido del R&B al menos una década antes. Eso ya fue demasiado: Si el rock, el jazz, el blues, la salsa, la rumba, la zamba y un sinfín de ritmos más le deben su existencia a unos esclavos arrancados malamente de sus tierras, si estos ritmos definen (y sirven de vehículo de expresión) a casi la totalidad de la cultura occidental contemporánea ¿Que habría sido del mundo sin la diáspora africana? Que quede claro, esa diáspora - que lleva ya demasiados siglos - ha significado el mayor y mas terrible desangre que un continente puede sufrir, y seguramente tiene gran parte de la culpa de la situación actual de África (con la inapreciable ayuda de países y gobiernos que antes y hoy se benefician de dicha situación) pero a nivel social, su existencia ha permitido esa raza influir en el mundo mucho más de lo que nunca podremos entender y - en una de esas paradojas justicieras que tiene la vida - ha permitido a los antiguos esclavos marcar para siempre a quienes quisieron ser sus amos.

Pienso en la alegría de vivir que suelo definir frecuentemente como elementos esenciales de la cultura latina (al menos de esa cultura latina de la que me siento parte) y no puedo evitar pensar en las expresiones que he visto en los negros cuando bailan o cantan...

La música es sólo la cabeza visible. ¿que más de nosotros se lo debemos a África?